Llegaste, como sueles llegar,
apareciendo de la nada. Me tomaste sin pedir permiso, como nunca, como siempre.
Me besaste, lenta pero ávidamente, saboreando
mis labios, sonsacando mi lengua.
Me tomaste en brazos y me alzaste
a horcadas con la facilidad con que se carga a un niño.
Recorriste mi espalda, arañaste
mis piernas, apretaste mis nalgas. Pusiste mi sexo a la altura del tuyo, se
reconocieron.
Casi arrancaste mi blusa con todo
y sostén. Lamiste mis senos sediento de mí, los admiraste un segundo y luego
seguiste como si tu vida dependiera de ese instante, de ese encuentro.
Nos detuvo el tiempo, el miedo,
los otros, lo de siempre.
Me besaste ahora tierno, cargado
de resignación porque una vez más tendrías (o debería decir tendríamos) que
esperar para tenerme toda, como nunca, como siempre.
Acaricié tu rostro rendida y
compasiva al ver tus ansias. Te fuiste para volver, tal vez nunca… o tal vez,
como siempre, mañana regreses.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario